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lunes, 3 de marzo de 2014

San Pedro Poveda (Séptima parte "Entregado del todo, hasta el martirio")

Entregado del todo, hasta el martirio
       El deseo de vivir su fe hasta la donación de la propia vida si fuera necesario, manifestado en algunas ocasiones, había ido generando en san Pedro Poveda una auténtica espiritualidad martirial. “Humillaciones, abatimientos, contrariedades, persecuciones, sufrimientos, martirio, todo ello viene como consecuencia legítima” ─había escrito en 1920─ de ser coherente con la fe. La circunstancia concreta, la dura persecución religiosa en España a partir de 1931 y, más aún en 1936, sólo fue una ocasión que puso en evidencia lo que ya se había ido consolidando en su interior. 
            En esos años difíciles, de tanto extremismo y dolor, insistió continuamente en la no violencia. Afirmaba sin cesar: “No hay que hacerse ilusiones; la mansedumbre, la afabilidad, la dulzura son las virtudes que conquistan al mundo”. Y también:

            “Ahora es tiempo de redoblar la oración, de sufrir mejor, de derrochar caridad, de hablar menos, de vivir muy unidos a nuestro Señor, de ser muy prudentes, de consolar al prójimo, de alentar a los pusilánimes, de prodigar misericordia, de vivir pendientes de la Providencia, de tener y dar paz”.

            El P. Agostino Gemelli, OFM, fundador y rector de la Universidad Católica de Milán, que en sus repetidos viajes a España conversó varias veces con don Pedro Poveda, nos ha ofrecido un importante testimonio sobre sus actitudes en ese momento crucial:
           
            “Conocí al Padre Pedro Poveda con motivo de mis tres viajes a España, durante los cuales cada vez permanecí aproximadamente una semana en Madrid. Además he mantenido con él frecuente e intenso intercambio de correspondencia […].
                Mi tercer viaje tuvo lugar, si no me equivoco, en 1935; entonces ya eran numerosos y frecuentes los signos de la gran perturbación que agitaba a todas las clases sociales.
                        Un día, con mucho candor, y con gran sencillez me dijo que si fuera necesario derramar la sangre por la Iglesia, estaba dispuesto a hacerlo con ánimo no sólo resignado, sino gozoso, no temiendo nada para sí mismo y con la seguridad de que la Providencia de Dios salvaría a los miembros de su Institución. Estas expresiones sencillas, sinceras, manifestación de un profundo convencimiento, me admiraron tanto que cuando llegó a Italia la noticia de su muerte atroz, no tardé en decir a mis amigos y conocidos que, salvo el juicio de la Iglesia, podía ser considerado mártir. La narración de los sufrimientos padecidos y del modo como fue ejecutado me pareció una consecuencia lógica de su estado de ánimo”.

            El 27 de julio de 1936, cuando acababa de celebrar la santa Misa, fue detenido en su casa de la calle de La Alameda de Madrid. No ocultó su identidad ante quienes fueron a buscarlo: “Soy sacerdote de Jesucristo”, afirmó sin titubear. Unas horas después, al ser separado de su hermano, que voluntariamente le había acompañado, le dijo despidiéndose de él: Serenidad, Carlos, se ve que el Señor, que me ha querido fundador, me quiere también mártir. Y no se supo más con certeza de él.
            A la mañana siguiente, una profesora y una joven doctora de la Institución Teresiana encontraron su cadáver, con signos recientes de haber recibido disparos de bala, junto a la capilla del cementerio de Nuestra Señora de La Almudena de Madrid. Sobre su pecho aparecía, atravesado por el proyectil y empapado en sangre, el escapulario de la Virgen del Carmen. Tenía sesenta y un años de edad. Trasladaron su cadáver al cementerio de la sacramental de San Lorenzo, donde recibió sepultura el día 29, junto a su madre que, tras largos años de vivir con él, había fallecido el año anterior.
            También una joven maestra perteneciente a la Institución Teresiana, la Beata Victoria Díez y Bustos de Molina, sufrió el martirio en Hornachuelos (Córdoba) pocos días después, el 12 agosto del mismo año 1936.

            La gran fama de santidad gozada por don Pedro Poveda ya en vida y después de la muerte, que se consideró desde el principio verdadero martirio, indujo a la Institución Teresiana a solicitar la instrucción de su Causa de canonización por esta vía en 1955. Concluidos todos los procesos, incluido el de práctica heroica de la virtud, que también se realizó, fue beatificado por el Papa Juan Pablo II en Roma el día 10 de octubre de 1993 por sus virtudes y su martirio. Diez años después, el 4 de mayo de 2003, como ya hemos indicado, ha sido canonizado en Madrid, durante la V visita apostólica del Papa Juan Pablo II a España. Sus venerados restos se encuentran en la Casa de Espiritualidad “Santa María”, de la Institución Teresiana, en Los Negrales (Madrid).

San Pedro Poveda (Sexta parte "La Encarnación del Verbo como llamada a la santidad")


                          
La Encarnación del Verbo como llamada a la santidad
              La más genuina formulación del carisma que sustenta la Institución Teresiana, del don de Dios para la Iglesia y para el mundo recibido por quien desde muy pronto se definió a sí mismo como “instrumento” en manos del Señor, está condensada en este breve texto, tempranamente redactado por san Pedro Poveda:

            “La Encarnación bien entendida, la persona de Cristo, su naturaleza y su vida dan, para quien lo entiende, la norma segura para llegar a ser santo con la santidad más verdadera, siendo al propio tiempo humano, con el humanismo verdad”.

            Corresponde a la parte final, conclusiva, de un breve escrito de 1915, hecho público en el Boletín de las Academias Teresianas de 15 de octubre de 1916 que, refiriéndose a Santa Teresa de Jesús, se proponía explicar el “carácter eminentemente humano”  de “aquella vida toda de Dios”.
            Esta rotunda y contundente llamada a la santidad, fruto de haber entendido bien el misterio de la Encarnación del Verbo, que percibe, por tanto, en la persona de Cristo la clave de una vida plenamente humana y toda de Dios, constituye el núcleo de la espiritualidad del sacerdote Pedro Poveda y del carisma de la asociación de fieles laicos fundada por él, que es la Institución Teresiana. Lo demás, es desarrollo y explicitación de este pensamiento primero, fundamental, básico, que presenta, también desde el principio, un subrayado esencial. “Fe y ciencia”, o “espíritu y ciencia”, “oración y estudio”, “profesorado virtuoso y sabio”, “piedad y cultura”…, son algunas de las variantes del repetido binomio Povedano, cuyos términos se reclaman entre sí, definido por él como “forma sustancial”, “dogma” o voluntad fundacional de su Institución Teresiana.
            Estaba convencido de que los cristianos, llamados a la santidad en su compromiso con la fe y la cultura, podían y debían aportar a la sociedad pluralista contemporánea valores y orientaciones para la construcción de un mundo más humano, más justo y solidario. Si proporcionó a los habitantes de las cuevas de Guadix los mejores métodos pedagógicos del momento, era porque en su modo primero y permanente de entender la conjunción fe-ciencia subyacía un sentido de comunión, de solidaridad y de justicia que obliga a dar lo mejor al más necesitado de ello, y que es capaz encauzar los esfuerzos comunes hacia un futuro más acorde con la verdadera voluntad del Señor. Por eso, el estilo de esta espiritualidad se caracteriza por la sencillez, la alegría, la mansedumbre, la responsabilidad en el trabajo, la capacidad de colaborar y la constante exigencia en el estudio. Y tiene como meta la más auténtica santidad.
            Convencido de que es obligación ineludible del creyente cumplir con el propio deber, y más cuando goza de una preparación a la que no todos han tenido acceso, o entraña una seria responsabilidad respecto a los otros, escribía en 1930 a las universitarias:

                “Si sois mujeres de fe estimaréis como deber primordial el cumplimiento de vuestras obligaciones y una de ellas, y sacratísima por cierto, es el estudio, el trabajo, el asiduo trabajo para capacitaros y ostentar dignamente un título que, si os da acceso a puestos sociales de importancia y honor, os obliga a adquirir el bagaje científico necesario para desempeñarlos dignamente y para no engañar a la sociedad que, si os otorga esos puestos, es porque os supone preparadas para desempeñarlos”.

            Los numerosos escritos dedicados a la Institución Teresiana por su fundador trazan, pues, un itinerario que tiene como eje un profundo cristocentrismo ─ “la Encarnación bien entendida” ─, requiere la vida en el Espíritu, considera esencial la sólida devoción mariana y el profundo sentido de Iglesia, y hace de la educación y la cultura un verdadero signo del Reino de Dios. Una auténtica vida cristiana, en suma, con los subrayados de un carisma que tiene una responsabilidad específica en la Iglesia y en la sociedad.
            En lo que respecta a su propia persona, su espiritualidad como sacerdote tuvo siempre como centro una profunda vida eucarística, de la cual brotaba su intensa actividad apostólica. La intimidad y la identificación con Cristo crucificado, su heroica caridad con todos, la profundísima humildad y la auténtica mansedumbre son los rasgos que más caracterizaron a este inconfundible hombre de Dios.
            Y, como síntesis o consolidada actitud en él y propuesta a los demás, la importancia del buen obrar, del elocuente testimonio de los hechos, de las realidades. De 1935, un años antes de sus muerte, son estas afirmaciones, expresadas desde el principio de modos muy diversos:


                “La verdad está en los hechos, no en las palabras, como decía San Juan con esta frase: Hijitos míos, no amemos solamente con la lengua y con las palabras, sino con las obras, porque éste es el verdadero amor. Las obras, sí; ellas son las que dan testimonio de nosotros y las que dicen con elocuencia incomparable lo que somos”.

domingo, 2 de marzo de 2014

San Pedro Poveda (QUINTA PARTE "Una Obra de Iglesia abierta al futuro. Intensa actividad apostólica")

Una Obra de Iglesia abierta al futuro.
Intensa actividad apostólica

  En 1921 don Pedro Poveda fijó su residencia en Madrid, por haber sido nombrado uno de los seis capellanes de la real capilla. En esta ciudad desempeñó diversos encargos, entre ellos el de formar parte, en 1922, de la recién creada Comisión Central contra el Analfabetismo. En este mismo año fue nombrado Arcipreste de Vic (Barcelona), y enseguida de El Burgo de Osma (Soria), por permuta de su cargo en la catedral de Jaén, con dispensa de residencia para poder atender a los servicios que le habían sido solicitados en Madrid.
            Buena parte de su actividad en la Capital consistió en consolidar la Obra Teresiana, que continuaba extendiéndose. En 1919 María Josefa Segovia había sido nombrada por él primera directora general y, en esos años, quedó definitivamente configurada en sus fines y en su compleja organización, que articula, en una sola Institución, un núcleo de mujeres plenamente comprometidas con la Obra y su misión en entrega total a Jesucristo, y diversas asociaciones cooperadoras. La finalidad educativa y cultural tiene como base la especial atención a la formación cristiana, humana y profesional de todos los miembros y, como característica principal, la presencia en puestos que permiten la relación de y con todos los grupos sociales, como son los de carácter público.
            Alcanzado un considerable desarrollo geográfico y organizativo, bien precisado el espíritu que había de animarla y los modos y formas de realizar la misión, a instancias del Nuncio de Su Santidad en España, la Asociación de Fieles “Institución Teresiana”, fue presentada a Roma por algunos de sus miembros en solicitud de aprobación pontificia. La obtuvo a perpetuidad mediante el Breve Inter frugiferas, del Papa Pío XI,  el 11 de enero de 1924. Se daba así estabilidad a un nuevo carisma en la Iglesia y en el mundo, que requería a los fieles laicos un exigente compromiso de vida evangélica y una peculiar responsabilidad en algunos aspectos concretos de la misión eclesial, carisma iniciador de un camino que luego se ha hecho más amplio y común.
            Pedagogo de la vida cristiana y de las relaciones entre la fe y la ciencia, hombre de profunda oración y solidario con los más necesitados, el Padre Poveda estaba convencido de que los cristianos debían aportar su esfuerzo para la construcción de un mundo más fraterno para todos, según el plan de Dios, por lo que, ratificado el carisma de la Institución Teresiana con la reciente aprobación del Papa, a través de esta Obra y de otras actividades se lanzó aún más decididamente a promover la presencia de hombres y mujeres de fe en los distintos ámbitos culturales y de la sociedad.
            Continuó poniendo creciente empeño en alentar proyectos de carácter educativo. Así, en 1925 contribuyó a realizar y apoyó un plan de la Escuela de Estudios Superiores del Magisterio en favor de los maestros de las escuelas rurales de las zonas más desfavorecidas; en 1926 atendió el ruego del Obispo de Madrid-Alcalá de fundar una Academia para maestros, base de la Institución del Divino Maestro, que reunía a educadores varones; en estas mismas fechas, alentados por la Institución Teresiana, inició programas de avanzada en favor de la mujer campesina y en 1927 formalizó la creación del Instituto Católico Femenino de Madrid, ensayado desde 1923, primer centro de Enseñanza Media de iniciativa privada con estudios de validez oficial, con el que se proponía facilitar el acceso de la mujer a la Universidad. En 1928 y 1930 favoreció la presencia de maestras de la Institución Teresiana en las campañas misionales para los emigrantes en el sur de Francia promovidas por el episcopado español; en 1929, junto con los PP. Enrique Herrera Oria, SJ, y Domingo Lázaro, SM, fundó la F.A.E. (Federación de Amigos de la Enseñanza), con el propósito de alentar a personas, grupos y asociaciones comprometidas en el ámbito educativo, y formó parte de la primera Junta de gobierno y del Consejo de Redacción de su revista, Atenas. Por estas mismas fechas, difundió la encíclica de Pío XI Divini illius Magistri (1929), sobre la cristiana educación de la juventud,
            Trabajó también, y muy activamente, con la Acción Católica. En este mismo año 1929 el Obispo de Madrid-Alcalá y el Cardenal Primado le encargaron la organización de las Estudiantes Universitarias Católicas, para las que abrió una sede en Madrid, animada por miembros de la Institución Teresiana. También en 1929 participó en el I Congreso Nacional de la Acción Católica como Consiliario de la Asociación de Padres de Familia, y en 1930 en la I Asamblea de la Acción Católica Nacional, como Presidente de las Juventudes y Estudiantes. En 1930 fue invitado por la Junta Central de Acción Católica a formar parte de una comisión encargada de estudiar un proyecto de Universidad Católica para España, como existían en otros países europeos, comprometiéndose en el plan para la Facultad de Pedagogía de dicha Universidad.
            En estos años, cuando la mujer se iba incorporando a las tareas de la sociedad contemporánea, la Institución Teresiana, en progresivo desarrollo, suponía no solo un movimiento de avanzada, sino que estaba siendo capaz de diseñar programas de acción y de ofrecer recursos formativos capaces de dar respuesta a los nuevos retos del cambiante contexto.
Atento como siempre al ámbito de la educación y la cultura, al percibir el considerable aumento del número de estudiantes universitarios en la tercera década del siglo XX, don Pedro Poveda se interesó activamente por ese sector. Además de asumir la aludida organización de las Estudiantes universitarias de la Acción Católica, y potenciar el recién creado el Instituto Católico Femenino, abrió nuevas residencias de la Institución Teresiana para la mujer que acudía a la Universidad y, en los años difíciles de la II República, ideó medios para mantener Asociaciones de estudiantes y licenciadas jóvenes, como la Liga Femenina de Orientación y Cultura.                   
Convencido de que la piedad y la cultura estaban llamadas a convivir en buena armonía en la mente y el corazón de los creyentes, y que la fe no ponía en conflicto la dedicación a los más altos estudios, como algunos no cesaban de afirmar, de este modo se dirigía a las universitarias en 1930, expresándoles lo más genuino del carisma de la Institución Teresiana:

                “En nuestro programa, después de la fe, mejor dicho, con la fe, ponemos la ciencia. Somos hijos del Dios de las Ciencias, de quien dice la Sagrada Escritura: ‘Deus Scientiarum, Dominus est’. El autor de la fe y de la ciencia es uno mismo, Dios, y el sujeto de la fe y de la ciencia,  la criatura humana. Así como os decía el otro día que seáis mujeres de mucha fe, de fe viva, de fe sentida, y que nunca digáis: no más fe, así os digo hoy: desead la ciencia, trabajad por conseguirla y no os canséis nunca, ni digáis jamás: no más ciencia. La mucha ciencia lleva a Dios, la poca nos separa de Él”.

            O dicho de otro modo, en 1932: “Hay que demostrar con los hechos que la ciencia hermana bien con la santidad de vida”.
Pero una fe y una ciencia cuyo fin no es cualificar a quien las posee, sino ser verdadero y humilde signo del Reino de Dios. También de estas fechas, y dirigida a los mismos destinatarios, es esta otra afirmación muy suya, que repite y subraya en el folleto Hablemos de las alumnas, publicado en 1933:

            “Juzgo como un error el afán desmedido de rodear a la joven estudiante de todo género de comodidades y de aislarla de todo contacto con la humanidad pobre y necesitada para evitarle sufrimientos y disgustos. ¿Para qué servirá después una joven así educada? ¿Qué papel hará en la sociedad, qué remediará con su ciencia?”.

No era fácil la propuesta, y menos para los que, con la mejor intención, pensaban que los estudios superiores podían incluso ser perjudiciales para las jóvenes estudiantes. O que poseer un título académico superior significaba colocarse por encima de los demás. Suenan casi a justificación las palabras de don Pedro en 1927, apoyando el programa del Instituto Católico Femenino: “que educar a la mujer, aunque sea para la universidad, no es deformarla, sino perfeccionarla”. Era bien consciente de la dificultad, no sólo ambiental o de contexto, sino porque intentaba relacionar términos que podían parecer antinómicos, aunque, adecuadamente relacionados, llegaran a reclamarse entre sí.
 Se trataba, en realidad, de un nuevo carisma en la Iglesia y para el mundo, que entrañaba en sí no sólo la articulación fe-ciencia o piedad-estudio, sino la mayor exigencia de vida cristiana en los miembros de una Institución aprobada por el Papa con la sencilla forma jurídica de una “Pía Unión” de fieles laicos. Escribía en 1929:

                “Hemos inaugurado un camino nuevo en el Derecho Canónico y hemos dado la pauta para otras obras, pero ¿habremos dado el ejemplo de virtud, de perfección? [...]. Para la Obra grande que realizamos, esta Obra audaz, atrevidísima, si vale la frase ─casi temeraria─, se necesita extraordinaria vocación, santa chifladura de perfección, prurito de exquisitez espiritual, temple de mártir, celo de apóstol, monomanía de ciencia, obsesión de edificación”.

            Aún sin formar parte de los organismos directivos de la Institución Teresiana, en los últimos años de su vida se dedicó intensamente, como fundador, a abrir nuevos campos a los diferentes aspectos de su misión, a impulsar decididamente esta Obra que, como decimos, estaba aportando a la Iglesia un carisma muy nuevo y eficaz, y a tomar las adecuadas previsiones para impedir que el paso del tiempo, o diferentes circunstancias, la pudieran desidentificar. “La Obra ha de ser ahora y siempre como se pensó en un principio ─decía─. Santidad más que nunca; virtudes sólidas a costa de la vida”. Y se reafirmaba en lo expresado poco después de la aprobación pontificia de la Institución Teresiana: “Pía Unión Primaria. Una mínima asociación en el orden canónico, pero ¡cuán grande es su misión! ¡cuánta santidad se les pide! ¡qué Madre ─Santa Teresa─ tan excelsa tienen!”.
            Con clara conciencia de la identidad y de la universalidad de este carisma, alentó también la expansión geográfica de la Obra, intensificando la relación con diversas organizaciones internacionales, e iniciando la presencia de la Institución Teresiana fuera de España: en 1928 en Santiago de Chile y en 1934 en Roma, “en pro de la mayor identificación con la Iglesia”.
Para dejar bien identificada y consolidada la Obra en su más genuina identidad, en 1935 obtuvo de la Santa sede el Breve Litteris Apostolicis, que afirmaba el origen de la Institución Teresiana en Covadonga, a don Pedro Poveda como su fundador y el carácter universal de esta Obra.
            Por su parte, para mejor cumplir sus obligaciones de presbítero y atento siempre a los más necesitados, además de seguir perteneciendo a la Unión Apostólica de sacerdotes Seculares, desde 1930 se incorporó a la Hermandad del Refugio y Piedad de Madrid, destinada a atender a pobres, vagabundos y enfermos.

            Reconocido como hombre prudente y de concordia, de probada virtud y de consejo, con heroica caridad, sencillo, dialogante y profundamente humilde, San Pedro Poveda supo también acoger y ofrecer su madura experiencia a jóvenes sacerdotes, religiosos y seglares, algunos de ellos iniciadores de obras que se consolidaron después, que acudían a él en búsqueda de orientaciones, sugerencias y apoyos. “Todos hemos de cooperar”; “hay en el campo lugar para todos, puesto para cada uno y esfera de acción donde moverse”, son frases de sus escritos primeros, cuyo contenido supo llevar siempre a la práctica, y que explican y dan pleno sentido a su invariable actitud de “unir fuerzas”, colaborar con otros y suscitar cooperación.         

sábado, 1 de marzo de 2014

San Pedro Poveda ( cuarta parte "Impulso a la Institución Teresiana y compromiso con su ambiente")

 Impulso a la Institución Teresiana

y compromiso con su ambiente
       “Sentí muchísimo salir de Covadonga, pero fue mayor la alegría que me produjo la esperanza de ver progresar mi Obra en muchas partes. Desde Jaén podía servir mejor a la Obra”. Así explicaba don Pedro su traslado a Jaén en 1913.
El Obispo de esta diócesis lo recibió complacido, tal como expresaba unos años después, en enero de 1917, en una carta dirigida a Poveda: “Cuando usted fue nombrado canónigo de la Catedral de Jaén, recibí una carta del señor Abad de la Colegiata de Covadonga, en donde usted era prebendado, dándome la enhorabuena por su traslado a Jaén y haciéndome el elogio de su Obra, de su espíritu de propaganda católica y de sus aptitudes pedagógicas para tan importante objeto [...].
En suma: mi juicio sobre la Obra de usted es, que la considero como bajada del Cielo, de oportunidad extraordinaria para atender a las necesidades que exigen los tiempos presentes [...] y, por consiguiente, Obra de grande y dilatada trascendencia. Concluyo alentándolo a seguir adelante”.   

            Para mejor impulsar, pues, esta Obra que agrupaba a personas dedicadas a evangelizar en el mundo de la educación y la cultura, principalmente en el campo del magisterio, decidió regresar a su diócesis de origen, teniendo en cuenta, además, que, en cumplimiento de un reciente decreto, en el curso 1913-1914 estaba previsto crear Escuelas Normales de Maestras en las capitales de provincia que no la tuvieran, como era el caso de Jaén, donde sólo había Normal para Maestros.
            Allí fue canónigo de la Catedral, obtuvo el título de Maestro, trabajó como profesor del Seminario y de ambas Escuelas Normales y participó activamente en la vida de la ciudad, prestando siempre notable atención a los sectores más necesitados y a las nuevas corrientes educativas y culturales del ambiente local. Muy pronto fue reclamada su presencia en diversas iniciativas ciudadanas, como la Asociación de la Prensa, la Academia de Estudios Superiores y la Real Sociedad Económica de Amigos del País. Fue también director espiritual del Centro Catequístico de Obreros, miembro de la Junta de Reclusos y Libertos y Vocal de la Junta Provincial de Beneficencia. Y desde 1912 pertenecía a la Unión Apostólica de Sacerdotes Seculares, de carácter internacional.
En Jaén publicó el folleto El estudio de la Pedagogía en los Seminarios (1917), que recoge la lección inaugural del curso 1914-1915, que le correspondió dictar como último profesor llegado al Centro. Manifestó de modo muy documentado su convencimiento  convencido de que, quienes tenían por misión educar en la fe, deberían gozar de la preparación pedagógica adecuada, haciendo propuestas concretas.
            Apenas llegado a Jaén, conoció a María Josefa Segovia, entonces de 22 años de edad, que estaba concluyendo sus estudios en la Escuela Superior del Magisterio de Madrid y llegó a ser su principal colaboradora en la Institución Teresiana. A ella le confió iniciar una Academia-Internado en dicha ciudad para las alumnas de la nueva Escuela Normal femenina, mientras hacía sus Prácticas y Memoria de la Escuela Superior, tarea que realizó con notable competencia y entusiasmo. Y desde allí continuó don Pedro animando la creación de otras Academias y Centros de formación pedagógica en distintas capitales de provincia, que eran al mismo tiempo hogares de profunda vida cristiana y presentaban una fisonomía cada vez más propia y definida.
            Esta Obra se extendió con mucha rapidez y vio crecer notablemente sus actividades y sus colaboradores, contribuyendo de modo decisivo a la promoción y formación de la mujer. Las Academias de Santa Teresa de Jesús, la mayoría de ellas con internado para las estudiantes de las Escuelas Normales, facilitaron el acceso a los estudios de Magisterio a muchas jóvenes de las ciudades y de los pueblos y su posterior ejercicio profesional. Además, en 1914 don Pedro Poveda abrió en Madrid la primera residencia universitaria femenina de España y aglutinó a buena parte del profesorado femenino, en particular de Escuelas Normales. La Obra Teresiana, al comienzo de los años veinte del siglo pasado, llegó a ser tal vez el grupo más cualificado y comprometido en la formación humana y cristiana de la mujer estudiosa.
            La Institución Teresiana, articulada en diversos grupos y con presencia muy activa en los diversos sectores de la cultura y de la sociedad, en 1917 fue reconocida civilmente en Jaén según de la vigente Ley de Asociaciones y obtuvo aprobación eclesiástica diocesana como Asociación de Fieles, una “Pía Unión” según el recién promulgado Código de Derecho Canónico. Quedó constituida desde el principio como una Institución de fieles laicos compleja, con un único espíritu y misión y diversos modos de ser miembro de ella. Se acogía a la titularidad de Santa Teresa de Jesús, mujer de amplia cultura y de sólida vida de oración, adoptaba como estilo de vida el de los primeros cristianos, e identificaba la educación y la cultura como el ámbito específico de su misión.
            En los últimos años de su estancia en Jaén, el Padre Poveda ―como todos le llamaban― escribió y dio a la imprenta Consideraciones (1920) y, principalmente, el folleto y el libro titulados Jesús, Maestro de oración (Córdoba, 1922), hoy publicado en edición crítica en la Biblioteca de Autores Cristianos (Madrid, 1997 y 2000). También vieron nuevas ediciones sus escritos de la etapa de Covadonga y añadió una nueva e importante serie a sus Consejos.

            Desde que viera la luz el primer número de la “Primera Época” en octubre de 1913, don Pedro Poveda animó siempre el Boletín de las Academias Teresianas, revista pionera en su género en cuanto a la formación pedagógica de los educadores, formación en consonancia con la también deseada profundización en su fe. Él escribió con frecuencia en las páginas del Boletín y animó a las profesoras de las Academias a que lo hicieran, logrando mantener viva, y cada vez más lograda, la presencia de esta publicación en los ambientes educativos.

viernes, 28 de febrero de 2014

San Pedro Poveda (tercera parte: "Reflexión y oración: Fundador de la Institución Teresiana")

Reflexión y oración: Fundador de la Institución Teresiana
Después de tres años de intensísimo trabajo, ante las inevitables dificultades que también encontró, en 1905 se trasladó a Madrid con el propósito de fundar un asilo para niños de la calle, que no pudo realizar. Estuvo en Linares y en Baeza, ayudando a un hermano suyo en los estudios, hasta que en 1906 fue nombrado canónigo de la Basílica de Nuestra Señora de Covadonga (Asturias), en la zona montañosa del norte de España. Allí permaneció hasta 1913.
            El cambio de circunstancia y de ambiente respecto a su Andalucía natal, no modificó su actitud. Atento al nuevo entorno en que vivía por exigencia de su fe, se preocupó en primer lugar de los numerosos visitantes que acudían al Santuario. Para que su experiencia religiosa se prolongara algo más que las pocas horas de su estancia allí, editó libros y opúsculos, con los que también pretendía colaborar a su formación cristiana, como En provecho del alma (Linares, 1909), Para los niños (Barcelona, 1910) y Plan de vida (Linares, 1911). En otro librito, Visita a la Santina (Oviedo, 1909), ofrecía a los peregrinos sugerencias para el tiempo que permanecieran en el Santuario y, con los cinco folletos titulados La Voz del Amado (Vergara, 1908), pretendía facilitarles la práctica de la oración con base en textos de la Sagrada Escritura, lo cual entonces era una gran novedad. También les exhortaba a la conversión continua, al buen uso del tiempo y a la comunión frecuente, bien preparada y agradecida, según las orientaciones pastorales que se estaban dando en ese momento en la Iglesia.
            Durante estos siete intensos años de Covadonga, fue profundizando en la comprensión de lo que ya había comenzado a percibir en Guadix: la importancia de atender a la educación de los niños y jóvenes para que llegaran a ser personas libres y responsables en la sociedad y, por tanto, la necesidad de que los maestros estuvieran bien preparados profesionalmente, vivieran su fe de modo coherente y responsable, fueran solidarios y supieran cooperar.
            Sus frecuentes estancias en Madrid, paso obligado en sus viajes desde Covadonga a Linares; la proximidad de Oviedo, con una prestigiosa Universidad, y la cercana ciudad de Gijón, con un importante puerto abierto a Europa y América, le fueron ampliando horizontes y conocimientos, de modo que llegó a captar con gran clarividencia y profundidad los problemas que, fundamentalmente sobre educación y enseñanza, se debatían en el momento.
Gran parte de las cuestiones entonces planteadas tenían como base la relación entre la fe y la ciencia, conflictiva para quienes se consideraban más renovadores, y esto incidía de modo decisivo en el campo de la escuela. Es lo que analizó en algunos artículos que dio a conocer a través de la prensa, recogidos poco después en el folleto Alrededor de un proyecto (Linares, 1913). Además, era el momento en que, a partir de distintas experiencias aisladas, se estaña sistematizando la pedagogía científica, y cuando el Estado intentaba adueñarse de la escuela, antes principalmente en manos de la Iglesia.
La etapa de Covadonga fue decisiva en su biografía. Intensa en reflexión y proyectos, en ella maduró su ideal apostólico y educativo, orientado ya de por vida hacia la formación y coordinación de los educadores.
            En los amplios tiempos dedicados a la oración “mirando a la Santina”, profundizó en el misterio de la Encarnación del Verbo y, por tanto, en la implicación de los creyentes en la obra de la Redención. Y de su propia identificación con Jesucristo Crucificado y de la reflexión, desde la fe, sobre la realidad que progresivamente iba descubriendo, le fueron surgiendo nuevos proyectos de acción. Para llevarlos a la práctica escribió y publicó artículos y opúsculos programáticos, como el conocido Ensayo de Proyectos Pedagógicos (Gijón, 1911 y Sevilla, 1912), Simulacro pedagógico (Sevilla 1912) y Diario de una Fundación (Sevilla, 1912). En estos folletos tuvo la clarividencia y la audacia de proponer un amplio plan de formación y coordinación del profesorado, que poco después dio lugar a la “Federación Nacional de Maestros Católicos”. Y, dispuesto siempre a “comenzar haciendo”, a partir de 1911 fundó Academias para estudiantes de Magisterio, Centros Pedagógicos y Revistas, germen de su principal obra, la Institución Teresiana. Para las Academias escribió los Avisos Espirituales de Santa Teresa de Jesús, veinte breves capítulos con textos escogidos de las obras de la Santa, y unos originales Consejos (Covadonga, 1911) dirigidos a las Profesoras y Alumnas, futuras maestras, en los que dejó claramente esbozadas las líneas pedagógicas que había de desarrollar después.
            En la I Asamblea General de la Institución Teresiana, celebrada en 1928, el fundador planteó la pregunta: ¿podría desidentificarse la Obra? Y volviendo los ojos al origen, clave siempre de renovada identidad, escribió estas y otras consideraciones al respecto:

“Covadonga es para la Institución algo singular, único, y para mí algo más singular y más único.
La santa Cueva será siempre la cuna de nuestra amadísima Obra.
Ante la imagen de la Santina se oró, se proyectó, se vio, por decirlo así, el desarrollo de la Obra.
En fin, siete años de vida intensa en aquel bendito recinto dan mucho de sí, y todo lo que dieron fue en    torno del ideal de mi vida, que surgió y cristalizó mirando a la Santina”.

            ¿Cómo pudo afirmar San Pedro Poveda que la Institución Teresiana había nacido en Covadonga y no en Gijón, donde en agosto de 1911 fundó la primera Academia para maestros, o en Oviedo, donde en diciembre del mismo año dio vida a la primera Academia femenina para estudiantes de Magisterio? Resulta evidente que, en coherencia con su pensar y su sentir, el fundador no relacionaba el origen de su Obra con las actividades concretas a que inicialmente dio lugar el nuevo carisma, sino con su momento Fontal, genuino, germinal; con la inspiración nacida de la oración y el estudio que alentó aquéllas y todas las actividades que vendrían después. Porque la Institución Teresiana, en su peculiar identidad, no hace referencia a una actividad concreta, sino a un proyecto de formación y coordinación de educadores, animado por el Espíritu, que surgió y cristalizó mirando a la Santina.

            De aquí también que, para el fundador, la devoción a Nuestra Señora fuera algo sustancial, irrenunciable, por constituir un elemento de su identidad. Había escrito en 1927 refiriéndose al evidente marianismo que caracterizaba a la Institución: “Tan de Dios me parece esta señal que, os lo confieso sinceramente, preferiría ver desaparecer la Obra a ver disminuir en ella la devoción mariana”. Porque, en ese caso, se estaría debilitando su identidad. E insistía: la Institución Teresiana “es una asociación eminentemente mariana por su origen, por su historia y por su propia elección. Nació en la cueva de Covadonga”.    

jueves, 27 de febrero de 2014

San Pedro Poveda ( Segunda parte "En la ciudad y en las cuevas: la formación de las personas")

En la ciudad y en las cuevas:
La formación de las personas


            Durante estos intensos años en cuanto a su formación y experiencia sacerdotal, interesado por grandes y pequeños, fue tomando conciencia no sólo de la necesidad de evangelización, sino de los problemas sociales del contexto en que vivía.
Con motivo de la misión predicada por él en la cuaresma de 1902 en el barrio de las cuevas que rodean la ciudad de Guadix, desde esta fecha incorporó a sus actividades habituales en el Obispado y en Seminario, la de promover humana y cristianamente a los habitantes de esta zona marginada que padecían paro, hambre, analfabetismo y pobreza, y comenzó a establecer relaciones entre la ciudad y la periferia, que recíprocamente tendían a ignorarse.
            Impresionado por el abandono en que vivían los numerosísimos habitantes de las cuevas, pensó que lo mejor podía hacer en favor de los grandes y los pequeños era facilitarles medios para su educación personal y profesional, de modo que pudieran llegar a ser personas preparadas y, por lo tanto, capaces de desempeñar un trabajo que les permitiera una vida digna. Por eso, según escribía entonces, “Como el fundamento de la educación y la base de todo progreso moral y material es Jesucristo, lo primero que hicimos fue instalar el Santísimo Sacramento en nuestra Ermita. Pero ¿dónde diréis que hemos tenido que colocar al Rey de cielos y tierra?, pues en una cueva, parecida a las antiguas catacumbas”. Y es que, desde hacía siglos, una de las cuevas, situada en un lugar céntrico del barrio, había sido convertida en ermita. La presidía un hermoso cuadro de la Virgen de Gracia, al que tenían gran devoción en la zona, pero aunque esa preciosa cueva era parroquia, no solía tener culto. Por eso lo primero que procuró el joven Padre Poveda es que estuviera allí el Señor, presente en el sagrario. Para él, Jesucristo siempre fue el centro de su persona y de toda su actividad y lo demostró desde el principio, en las cuevas de Guadix.  
            Con ayudas de entidades públicas y de personas particulares, en pocos meses pudo construir las “Escuelas del Sagrado Corazón de Jesús”, contratar y pagar a los maestros, dar de comer a algunos niños y niñas y crear clases nocturnas y talleres para adultos, realizando así una importante tarea de ayuda humanitaria, educativa y de formación cristiana y profesional en este amplio sector de la población, olvidado de todos y carente de recursos. Además, interesó en esta tarea a las autoridades locales y a los centros de cultura de Guadix, acercando a los habitantes de la ciudad y de las cuevas, secularmente distanciados entre sí. Las autoridades locales supieron reconocerle esta importante tarea humanitaria nombrándole en 1904 “Hijo adoptivo predilecto” y dedicándole una calle y un bonito álbum con más de 700 firmas, “costeado por el elemento joven de la localidad”, según está escrito en la portada.
            Para entonces ya se habían trasladado a vivir con don Pedro sus padres y Carlos, el hermano menor. Decididos a permanecer en Guadix, habían llevado con ellos incluso un gran cuadro de la Inmaculada que tenía desde antiguo la familia, ante el cual según él mismo explicaba después, una tía abuela lo había ofrecido a la Virgen al nacer “para que me bendijera y para pedirle que si no había de ser buen cristiano me quitara la vida antes de ver la luz”. Siempre le tuvo un cariño especial.
            El Padre Poveda siempre fue muy devoto de la Virgen y también se grabó en él de modo muy singular el aludido cuadro de Nuestra Señora de Gracia, que presidía la “Ermita Nueva” de las cuevas. En 1934, dos años antes de su muerte, lo recordaba de esta manera:

             “Confieso ingenuamente que al subir yo a las cuevas de Guadix con un grupo de mis seminaristas, no pensé en otra cosa sino en una catequesis; que de nuestras visitas a la ermita de la Virgen de Gracia, titular de aquel sagrado recinto, medio cueva, medio capilla, surgió el plan de las escuelas y que la vocación a este género de apostolado tuvo su origen allí y las cambiantes posteriores, hasta llegar a la realización de su última etapa, la Institución Teresiana, ante otra imagen de nuestra Señora, en la Santa cueva de Covadonga”.