La Encarnación del Verbo como llamada
a la santidad
La más genuina formulación del carisma
que sustenta la Institución Teresiana, del don de Dios para la Iglesia y para
el mundo recibido por quien desde muy pronto se definió a sí mismo como “instrumento” en manos del Señor,
está condensada en este breve texto, tempranamente redactado por san Pedro
Poveda:
“La
Encarnación bien entendida, la persona de Cristo, su naturaleza y su vida dan,
para quien lo entiende, la norma segura para llegar a ser santo con la santidad
más verdadera, siendo al propio tiempo humano, con el humanismo verdad”.
Corresponde a la parte final,
conclusiva, de un breve escrito de 1915, hecho público en el Boletín de las Academias Teresianas de
15 de octubre de 1916 que, refiriéndose a Santa Teresa de Jesús, se proponía
explicar el “carácter eminentemente
humano” de “aquella vida toda de Dios”.
Esta
rotunda y contundente llamada a la santidad, fruto de haber entendido bien
el misterio de la Encarnación del Verbo, que percibe, por tanto, en la persona
de Cristo la clave de una vida plenamente humana y toda de Dios,
constituye el núcleo de la espiritualidad del sacerdote Pedro Poveda y del
carisma de la asociación de fieles laicos fundada por él, que es la Institución
Teresiana. Lo demás, es desarrollo y
explicitación de este pensamiento primero, fundamental, básico, que presenta,
también desde el principio, un subrayado esencial. “Fe y
ciencia”, o “espíritu y ciencia”, “oración y estudio”, “profesorado virtuoso y
sabio”, “piedad y cultura”…, son algunas de las variantes del repetido binomio
Povedano, cuyos términos se reclaman entre sí, definido por él como “forma
sustancial”, “dogma” o voluntad fundacional de su Institución Teresiana.
Estaba
convencido de que los cristianos, llamados a la santidad en su compromiso con
la fe y la cultura, podían y debían aportar a la sociedad pluralista
contemporánea valores y orientaciones para la construcción de un mundo más
humano, más justo y solidario. Si proporcionó a los habitantes de las cuevas de
Guadix los mejores métodos pedagógicos del momento, era porque en su modo
primero y permanente de entender la conjunción fe-ciencia subyacía un sentido
de comunión, de solidaridad y de justicia que obliga a dar lo mejor al más
necesitado de ello, y que es capaz encauzar los esfuerzos comunes hacia un
futuro más acorde con la verdadera voluntad del Señor. Por eso, el
estilo de esta espiritualidad se caracteriza por la
sencillez, la alegría, la mansedumbre, la responsabilidad en el trabajo, la
capacidad de colaborar y la constante exigencia en el estudio. Y tiene como meta la más auténtica santidad.
Convencido
de que es obligación ineludible del creyente cumplir con el propio deber, y más
cuando goza de una preparación a la que no todos han tenido acceso, o entraña
una seria responsabilidad respecto a los otros, escribía en 1930 a las
universitarias:
“Si sois mujeres de fe
estimaréis como deber primordial el cumplimiento de vuestras obligaciones y una
de ellas, y sacratísima por cierto, es el estudio, el trabajo, el asiduo
trabajo para capacitaros y ostentar dignamente un título que, si os da acceso a
puestos sociales de importancia y honor, os obliga a adquirir el bagaje
científico necesario para desempeñarlos dignamente y para no engañar a la
sociedad que, si os otorga esos puestos, es porque os supone preparadas para
desempeñarlos”.
Los
numerosos escritos dedicados a la Institución Teresiana por su fundador trazan,
pues, un itinerario que tiene como eje un profundo cristocentrismo ─ “la
Encarnación bien entendida” ─, requiere la vida en el Espíritu, considera
esencial la sólida devoción mariana y el profundo sentido de Iglesia, y hace de
la educación y la cultura un verdadero signo del Reino de Dios. Una auténtica
vida cristiana, en suma, con los subrayados de un carisma que tiene una
responsabilidad específica en la Iglesia y en la sociedad.
En lo
que respecta a su propia persona, su espiritualidad como sacerdote tuvo siempre
como centro una profunda vida eucarística, de la cual brotaba su intensa
actividad apostólica. La intimidad y la identificación
con Cristo crucificado, su heroica caridad con todos, la profundísima humildad
y la auténtica mansedumbre son los rasgos que más caracterizaron a este
inconfundible hombre de Dios.
Y, como síntesis o consolidada
actitud en él y propuesta a los demás, la importancia del buen obrar, del
elocuente testimonio de los hechos, de las realidades. De 1935, un años antes
de sus muerte, son estas afirmaciones, expresadas desde el principio de modos
muy diversos:
“La verdad está en los hechos,
no en las palabras, como decía San Juan con esta frase: Hijitos
míos, no amemos solamente con la lengua y con las palabras, sino con las obras,
porque éste es el verdadero amor. Las obras, sí; ellas son las que dan testimonio
de nosotros y las que dicen con elocuencia incomparable lo que somos”.
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